– Por Rocío Muñoz
Déjenme plantearles una pregunta: ¿cuál es el motivo por el que les gusta ver películas? Piénsenlo durante unos instantes y luego respondan. ¿Es porque les aportan un buen rato de entretenimiento? ¿Una distracción —y abstracción— de su rutina? ¿Porque les abre las puertas a otros mundos nunca antes explorados? ¿Porque buscan emociones intensas?
Puede que su respuesta sea solo uno de estos supuestos, una mezcla de varios o incluso otra que no he planteado. En cualquiera de ellos, estoy segura de que cuando se enfrentan a la pantalla en negro esperan que el viaje sea fructífero y, una vez concluyan los títulos de crédito, guardar la sensación de que el tiempo invertido ha reportado algo de valor.
Ese, precisamente, es el poso que deja una cinta como Sorda, la ópera prima de Eva Libertad. Un valor incalculable en tanto que ofrece un aprendizaje no tan sencillo de obtener si no fuera por ese arte mágico al que llamamos cine.
Para quien escribe estas líneas, la respuesta a la pregunta que les planteaba al inicio es clara: me gusta ver películas porque muchas de ellas me invitan a explorar y reflexionar sobre realidades y sensibilidades que se me antojan lejanas. En el caso de Sorda, verla me descubrió cosas que nunca antes me había cuestionado y me hizo entender mejor mi privilegio como persona oyente.
La cinta que protagonizan brillantemente Miriam Garlo —actriz debutante y hermana de la directora— y Álvaro Cervantes es un ejercicio de divulgación desde la verdad más profunda. Ambos dan vida a Ángela y Héctor, una pareja que está a punto de tener a su primera hija. Ella es sorda, él es oyente, y lo que hasta ahora no les había supuesto ningún problema empieza a sentirse más complicado ante los nervios, incertidumbre e inseguridades de formar una familia.
Sorda no es la primera cinta que aborda este tema. Hace seis años Riz Ahmed fue nominado al Óscar a mejor actor por dar vida a un baterista que pierde su capacidad auditiva de manera fulminante en la muy recomendable Sound of Metal (E.E.U.U., 2019). Sin embargo, Sorda sí es la primera película protagonizada por una actriz no oyente, y mientras la cinta de Darius Marder ponía el acento en cómo adaptarse a una discapacidad sobrevenida, Eva Libertad explora cómo se adapta el mundo a quienes no nacen con las mismas capacidades. Y el resultado es desolador.
A través de Sorda tomamos consciencia de lo difícil que se lo ponemos a aquellas minorías que, tan humanos como cualquiera de nosotros, no tienen jamás las mismas oportunidades ni facilidades solo por no ser igual que el resto. Reflexionemos sobre esta frase porque, ¿quién lo es?
Ahí es donde Sorda logra el impacto, porque nos enfrenta a nuestro capacitismo interiorizado, fantásticamente representado en el personaje de Álvaro Cervantes. El actor interpreta a un hombre bueno, enamorado, comprensivo, pero con las limitaciones que su propia realidad le impone. Por muy buena voluntad que tenga, hay cosas que jamás podrá terminar de comprender y también hay reacciones que, pretendiendo ayudar, solo ahondarán más en la sensación de Ángela de no sentirse igual a los demás, de ser forzosamente dependiente.
Sorda plantea un debate que expone las costuras de una sociedad demasiado ensimismada y despreocupada de las realidades ajenas. ¿Puede una relación entre una persona oyente y otra sorda tener futuro? ¿Es suficiente el amor para sobreponerse a todas las diferencias? Preguntas complejas, cuyas soluciones se reconocen igual de complicadas. En la pareja vemos amor —la escena cocinando es una preciosidad—, pero también vemos cómo fuera de su núcleo el camino se llena de incompatibilidades: desde cómo gestionar las reuniones de amigos donde nadie utiliza la lengua de signos hasta cómo abordar la educación de su hija.
La niña, clave central del conflicto, es la grieta por donde se cuelan todos los miedos de Ángela. Ella, en su fuero interno, desea que la niña no nazca oyente para no sentirse descolgada de su vida, para tener una aliada. Él no lo explicita, pero se intuye que no desea que su hija atraviese todas las dificultades vitales de una persona sorda, con el correspondiente agravio para su pareja, que se siente inferior y desplazada.
Cada uno ve la situación acorde a su realidad, y ahí reside otro de los grandes aciertos de la película, que es capaz de no demonizar ninguno de los puntos de vista y hacernos entender a ambos. El último tercio de película está plenamente enfocado a que comprendamos cómo es vivir en la piel de alguien sordo y el trabajo que realiza la directora para ello no solo es efectivo, sino también un golpe que te deja noqueado al terminar la proyección.
Y es que Sorda, que ha sido precandidata por España para la próxima edición de los Oscars, es una película empática, honesta y sobre todo necesaria. Un debut que sabe a buen cine social sin dejar de lado los aspectos técnicos. Uno de los títulos españoles de la temporada y una cinta que nos recuerda por qué nos gusta tanto sentarnos en una butaca.