– Por Rocío Muñoz
Decía el político republicano Charles Evans Hughes que, cuando perdemos el derecho a ser diferentes, perdemos el privilegio de ser libres.
Vivimos en un mundo —y especialmente en una época— donde mostrarse como se es, si no se encaja en la norma, conlleva el riesgo de ser marginado, discriminado y, en el peor de los casos, ultrajado física y emocionalmente. Por eso el ejercicio de la autenticidad, de defender lo genuino, se antoja valiente. Y el éxito de lograrlo, pese a su apariencia de triunfo, también sabe a una libertad que nunca llega a ser completa, pues el temor a que cualquier día la sociedad te diga que tu modelo de vida, que tu cuerpo o tu identidad no son válidos, sigue presente incluso cuando creemos haberlo superado.
De esa libertad, de ese temor y de esa autenticidad habla Tesis sobre una domesticación, el largometraje basado en la novela homónima de Camila Sosa Villada, adaptado al cine bajo la dirección de Javier Van de Couter (Argentina, 1975), quien a su vez firma el guion junto a la propia autora y Laura Huberman.
Sosa Villada también protagoniza esta historia con una presencia y fuerza poderosas, ofreciendo una interpretación intensa y convincente. En ella da vida a una mujer trans —de la que nunca se nos da a conocer el nombre—, actriz reputada y de carácter indomable, que se ha levantado a sí misma en cuerpo y alma y que encuentra el amor en un atractivo abogado homosexual (Alfonso Herrera), con quien iniciará una relación muy carnal que, paso a paso, irá volviéndose más costumbrista.
Desde los primeros compases, Van de Couter define algunos de los elementos vertebrales del film: el uso de encuadres amplios, que enmarcan a la protagonista en entornos delimitados y ahondan en la sensación de enjaulamiento que poco a poco le irá consumiendo; y una puesta en escena minimalista, de aire sofisticado, que contrastará con las escenas rodadas en el pueblo natal del personaje, mucho más árido y sofocante.
El sexo es un elemento capital en el desarrollo de la historia. Mostrado desinhibido y salvaje frente a la cámara, funciona como una herramienta para celebrar el cuerpo, pero también como un método de liberación. Una especie de corte de mangas a su pasado; una reivindicación de que lo que un día fue cárcel hoy es libertad y de que lo que fue espacio de violencia ahora lo es de deseo y placer.
Convertida en un icono de la interpretación, al personaje de Sosa Villada no le falta ni éxito ni aceptación social, alejándose así de las estereotipadas historias marginales que tanto hemos visto ligadas a la identidad trans. No obstante, pese a la seguridad y rebeldía que exterioriza, lo cierto es que el peso de la normatividad la empuja a desear esa aprobación también en lo personal, buscándola en el cumplimiento del canon femenino tradicional: formar una familia.
Para ello, la pareja decide iniciar el proceso de adopción de un niño con VIH, cuya vida está marcada por la tragedia y por el estigma que constantemente le sobrevuela. Entre el menor y ella hay una conexión inmediata. Ambos se reconocen como individuos discordantes frente a la sociedad, señalados y repudiados por prejuicios. Animales heridos que, en distintos planos vitales, buscan encajar en algún lugar.
Sin embargo, lo que en apariencia debería ser un relato idílico de crecimiento personal, pronto se descubre como una trampa social. Al formar una familia, el mundo deja de verte como mujer para verte únicamente como madre. Tu individualidad desaparece, se domestica, opacada por el rol de cuidadora y esposa. Te ves obligada a despojarte del singular para abrazar el plural, y tus anhelos, deseos, ambiciones… dejan de tener cabida.
Las prioridades han cambiado y tú, que llevas toda tu vida luchando por poder ser libre, de pronto te encuentras atrapada en un ático de enormes cristaleras, junto a un hombre sexy, fogoso, que te quiere, y ese hijo por el que tanto has luchado. ¿Cómo te atreves a quejarte?
Tesis sobre una domesticación es una película tan directa como las últimas líneas de este escrito, imperfecta —como cualquiera de nosotros— y nada condescendiente, como la vida misma. Nos recuerda que formar parte de lo normativo no siempre nos da la felicidad, porque al final, la única senda que deberíamos seguir fielmente es aquella que late dentro de nosotras.