Por Joshua Solana
“Año tras año, México se mantiene como uno de los países más peligrosos y mortíferos del mundo para los periodistas.”
— Reporteros Sin Fronteras
En México, la verdad se suele enterrar antes de ser escuchada. Como sociedad, nos hemos acostumbrado a una realidad aterradora: las mentiras pululan en el aire hasta que se vuelven costumbre, hasta que la mentira —repetida— se vuelve verdad ante los ojos desviados de una ciudadanía agachada y temerosa. ¿Cómo se ejerce el periodismo en un país donde informar puede costar la vida? ¿Hasta qué punto vale la pena luchar por las verdades? La verdad es una espada filosa, y pocos políticos o criminales salen ilesos de su filo. Por eso es urgente cuidar a quienes la empuñan —nuestros periodistas, nuestros investigadores— y comprender, como sociedad, que sin ellos no hay justicia ni memoria.
Cocodrilos, la nueva película de J. Xavier Velazco, enfrenta al espectador con estas mismas preguntas. Inspirado en realidades que hemos visto fuera de la pantalla, el director narra la historia de Amanda (Teresa Sánchez), una periodista asesinada por la investigación que estaba a punto de publicar. Antes de ser silenciada, alcanza a compartir su trabajo con su exalumno, ahora fotoperiodista, interpretado por Hoze Meléndez. Será él quien retome el hilo de esa pesquisa inconclusa, decidido a encontrar la verdad y, en el camino, vengar la muerte de su maestra.
Velazco construye un thriller policial que, más allá de su tensión narrativa, revela una paradoja brutal: en México, los periodistas son quienes hoy asumen el papel de los detectives, mientras las instituciones encargadas de impartir justicia permanecen manchadas de corrupción.
Pocos thrillers mexicanos logran sostener su verosimilitud en el terreno policial; aquí, la policía no tiene autoridad moral para protagonizarlos. Por eso Cocodrilos resulta tan potente, pues traslada el género al territorio del periodismo, donde la búsqueda de la verdad se convierte, literalmente, en un acto de resistencia. En un país donde la pluma se enfrenta al plomo, Velazco nos recuerda que cada palabra escrita puede ser igual de peligrosa que un balazo.
Santiago, el fotoperiodista interpretado por Meléndez, se ve sobrepasado por el peso de su investigación. En su intento por continuar el trabajo de su maestra, pronto descubre que la verdad también puede costarle la vida.
El director ha declarado que la historia nace de los sucesos ocurridos en su natal Veracruz, entre 2012 y 2015, cuando fueron asesinados los periodistas Regina Martínez y Rubén Espinosa. Ambos casos fueron archivados con explicaciones oficiales que rozan lo absurdo: se habló de “crímenes pasionales” o de “robos” malogrados. Esa impunidad institucional es la que resuena en Cocodrilos: la periodista Amanda, interpretada por Sánchez, es asesinada, y su caso es rápidamente cerrado bajo el mismo discurso de simulación.
Velazco señala que la misión principal de su película es no normalizar la violencia contra los espadachines de la verdad. Y yo creo que lo logra, pues en la pantalla ésto se traduce en una puesta en escena contenida, sobria, donde el silencio, así como la verdad, se va desentrañando poco a poco.
Velazco no busca el morbo ni la catarsis; filma la impotencia, la herida abierta de un país que ha hecho del miedo una rutina. La cámara, así temblorosa o frágil, nunca deja de grabar, persiste como una luz de fe en medio del horror.
Si el periodismo es hoy una forma de heroísmo, el cine —cuando se atreve a mirar— se convierte en su espejo. Cocodrilos nos recuerda que la verdad puede morir, pero siempre habrá alguien dispuesto a filmarla de nuevo.