– por JoshSolana_
Para entender la obra de Ari Aster, y en particular su más reciente opus, Eddington, hay que tirar a la basura la simple noción del bien y el mal. ¿Es Eddington un western? ¿Una película de terror? ¿Una sátira social? Podría decirse que es eso y aún más. Sería ridículo no notarlo, pues la nueva película de A24 no es sino la apoteosis de las obsesiones que Aster ha cultivado desde sus inicios.
Esta reseña propone que la clave para decodificar su nueva obra reside en tres núcleos que se entrelazan: la batalla espiritual entre los arquetipos de Lucifer y Ahriman, el ciclo interminable del trauma familiar, y la paranoia infecciosa de la sociedad post-pandemia. Eddington, a través de su cacofonía de personajes, sintetiza estas ideas y, por primera vez, se atreve a proponer un antídoto para la caída: la sanación a través de la conciencia cristalina.
Lee el análisis completo y decodifica la obra de Ari Aster antes de su estreno en todos los cines de México.
Eddington, Nuevo Mexico. Mayo de 2020.
Los personajes de Aster no son buenos o malos; son campos de batalla. Arena donde combaten dos fuerzas arquetípicas descritas por el filósofo Rudolf Steiner, notablemente a partir de su obra cumbre La Filosofía de la Libertad (1894): Lucifer y Ahriman.
Lucifer es la luz caída. Es el arquetipo de la conciencia femenina en desequilibrio: un exceso de sentimientos, de sacrificio, de un amor que se pudre en el dolor de la inacción. Es el impulso creativo en su forma más pura y egoísta, buscando una libertad auto-centrada. Hedonista hasta la médula. La catarsis floral de Dani, Florence Pugh, en Midsommar es el ejemplo perfecto de este falso despertar.
La caída de conciencia femenina personificada. Midsommar (2019)
Del otro lado, está Ahriman que es la sombra que nace de esa luz caída. Es el Satán, la industrialización de la vida, el devorador de mundos. Este es el arquetipo de la conciencia masculina caída: el psicópata, el controlador que vive de datos e información. Ahriman es inorgánico, una máquina que desprecia la vulnerabilidad del sentimiento y anhela el poder por el poder. Todo terrenal, todo mental.
Qué mejor ejemplo que Hereditary (2018), Ahriman es todo mente, nada de sentimientos, como el culto a Paimon.
En Eddington, esta danza se vuelve explícita. El Sheriff Joe Cross, interpretado por Joaquin Phoenix, es la encarnación de Ahriman: controlador, manipulador y ególatra. Su esposa, la artista Louise Cross, interpretada por Emma Stone, es la manifestación inicial de Lucifer: un ser de profunda sensibilidad, víctima de la opresión y con la energía de su chacra sexual bloqueada. Pero para Aster, el trauma es la gasolina con la que sus personajes avanzan. Y el viaje de esta mujer, desde su parálisis luciférica hacia una posible singularidad, es el verdadero corazón de la película, demostrando que para llegar a la conciencia cristalina, primero hay que atravesar el fuego del Lucifer y el hielo de Ahriman.
En Eddington estas caídas de conciencia se volverán más obvias.
Si la lucha espiritual es la guerra, el campo de batalla es, casi invariablemente, la familia. La filmografía de Aster es una exploración obsesiva de un mismo patrón: padres ausentes o inútiles, madres autoritarias y devoradoras, e hijos que heredan la locura como un testamento envenenado.
Lo vimos en su corto Herman’s Cure-All Tonic (2009), donde un hijo exprime a su padre. Explotó en Hereditary (2018), donde la madre, Toni Collette, es un epicentro de victimismo y control que tortura psicológicamente a su hijo, Peter Graham.
Y se volvió una caricatura grotesca en Beau is Afraid (2023), donde el padre es ya explicitamente un pene gigante, pero inactivo y la madre un monstruo del control. Beau Wassermann es el resultado: un ser incapaz de actuar, sumergido en un viaje para demostrar un poder que, francamente no posee.
Rechazo a la figura paterna, control extremo en la figura materna e hijos, muchas veces, con rasgos psicópatas.
Eddington refina esta dinámica. El suegro de Joaquin Phoenix, el sheriff anterior, es el padre ausente. La suegra es la madre autoritaria que le recuerda su fracaso e intenta dominar. Joe Cross es la última encarnación en la línea de los hijos atormentados de Aster, un hombre que, incapaz de igualar al padre, hereda la toxicidad y la proyecta sobre su propia familia y comunidad.
El último núcleo revela cómo Aster proyecta estas batallas sobre el lienzo de nuestro mundo fracturado. En Eddington, nos asigna una posición reveladora: la audiencia es el mendigo con el que la película incia, quizá el personaje más cuerdo del pueblo, quién sabe. Aster nos despoja de poder y nos sienta en la banqueta a observar el desfile de una humanidad que ha perdido el rumbo, sumida en una paranoia febril.
El catalizador de esta locura es el trauma fresco de la pandemia del COVID-19. Eddington es un espejo brutal de la desconfianza, las noticias falsas y el egoísmo que definieron esa era. El Sheriff de Joaquin Phoenix es el paciente cero de esta enfermedad social: el hombre que se niega a usar cubrebocas, que valora su comodidad por encima de la salud comunitaria, que se envuelve en la falsa narrativa de la víctima mientras actúa como victimario. Su manipulación y su empatía fingida no son solo rasgos de un villano; son síntomas de una sociedad rota.
Este mal no se limita al Sheriff. Como su magnífico póster anuncia, todo el pueblo de Eddington es un peñasco resbaladizo donde los personajes se empujan unos a otros hacia el abismo, cada uno atrapado en su propia teoría de la conspiración personal.
Eddington ya está en cines.
Eddington es, quizás, la obra más madura de Aster porque logra tejer estos tres hilos —el esotérico, el psicológico y el sociológico— en una sola narrativa cohesiva. A diferencia de sus trabajos anteriores, que se deleitaban en la desesperación del ciclo, Eddington por primera vez vislumbra una salida. A través de ciertos personajes, nos muestra que es posible alcanzar una conciencia superior, no evadiendo el trauma, sino usándolo como combustible.
Pero de esa conciencia cristalina y sus misterios, hablaremos más a fondo en letterboxd.