– por JoshSolana_

 

Las vidas de Adela y Octavio se irán cruzando en la nueva cinta de Medem.

El número ocho, representado por dos esferas, ha generado considerable discusión en los últimos meses. Este número encierra un universo profundo, oscilando entre lo terrenal y lo espiritual, la abundancia y la renovación. Es el eco de la perfección cíclica, cuya forma geométrica se asemeja al infinito. La octava sefirá, Hod, simboliza la gloria, la resonancia y la comunicación, así como la capacidad de materializar ideas en el mundo físico. 

Esta conexión entre su significado y su sincronicidad en este preciso momento resuena conmigo. Coincide con el final de la serie Chespirito, el octavo aniversario de Árbol Rojo – Infinito, que bajo aquel lema celebra su trayectoria y su visión del futuro y es también, el título de la película que analizaremos a continuación, 8 de Julio Medem, la cual tuvimos oportunidad de ver en el pasado Festival Internacional de Cine en Guadalajara, el FICG en su edición 40.

Inicia con un 8, el cual inmediatamente después es perforado por dos ombligos, dos mujeres embarazadas están a punto de parir. Una en la ciudad alta y otra en la ciudad baja. El director pide que sintamos la película, que no hagamos caso al pensamiento. Una madre muere, una niña y un niño nacen. Ese es el inicio de una historia que traza un infinito perfecto.

 
Still de la película 8

La guerra civil española es retratada girando al rededor de la vida de los protagonistas.

La historia, que recorre 90 años de una España dividida, flota sobre sus protagonistas, una mujer y un hombre que han estado conectados por el destino. Nacidos el mismo día, paridos por el mismo médico, la vida irá juntándolos en estas sincronías.

Adela (Ana Rujas) es una mujer que crece sin madre y que, desde niña, no se permite llorar. Busca parecer fuerte —o mejor aún serlo—, y en ese intento toma la fuerza de los hombres con los que se involucra sexualmente. Llega incluso a sacrificar su cuerpo con un franquista para que su padre, liberal, pueda leer en la cárcel. Pero es su padre quien mata al padre de él, Octavio (Javier Rey). Y él, a su vez, queda huérfano como ella. Al final, será él quien mate al padre de ella. Así, en un ciclo de espejos y venganzas, la familia española se va mezclando: los que creen estar de un lado terminan del otro. Todo el tiempo. Como si viajaran en una autopista ochistica. 

El director Julio Medem, presentando 8 en el FICG.

Éste es un director que dialoga con la puesta en escena, que saca la cámara del tripie y baila trazando este 8 íntimo. Íntimo como la interpretación que los protagonistas nos regalan, solo hay que pensar en la escena en la cama,  en esa complicidad. Ese nivel de intimidad al que Medem nos arrastra —como si fuéramos parte de ese círculo cerrado que comparten los cuerpos— recuerda inevitablemente a Los amantes del círculo polar. En ambas películas, la geometría no es sólo una forma, es una brújula emocional. Un ocho, un círculo, una elipse, son símbolos que condensan la forma en que el tiempo y el destino se entrelazan. En 8, como en Los amantes…, hay un juego de reflejos, un palíndromo emocional y narrativo que nos recuerda que los encuentros y las pérdidas no son casuales, sino parte de un sistema secreto de simetrías.

Sin embargo, si el guion y la dirección sugieren un infinito, la edición a veces impone límites, puntos finales donde podría haber algo más. Con cortes a blanco y otro tipo de decisiones cuestionables, el director va hilando la historia de amor de Adela y Octavio. A pesar de ello, 8 permanece como una obra ambiciosa y profundamente personal. Una meditación sobre el tiempo, la memoria, la política y el cuerpo. Creo que es inútil comparar el trabajo de un artista con su obra anterior, es absurdista. Sin embargo, la obra de Medem se ha dedicado totalmente a narrar historias con una símil abundante. Es sencillo darse cuenta sobre los temas que le importan al director español. Y gracias a ello podemos ver una evolución o meditación sobre sus obras anteriores, específicamente Los amores… que es con la que más comparte coincidencias.

Still de la película 8

El 8, lo infinito.

Como sugiere la forma misma del número que le da título, 8 no se cierra del todo: retorna. Y en ese regreso encuentra su belleza. No es una película perfecta, pero sí es una película pulsante, que se atreve a orbitar lo íntimo, lo histórico y lo mítico con la misma cámara. Como el círculo polar, como el nombre Otto, como los cuerpos que se encuentran y se pierden. Todo vuelve. Todo se repite. Y todo, de algún modo, se transforma.

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