NUDO MIXTECO:

El tejido social mexicano a través del ojo indígena.

 – Por Árbol Rojo.

En México son cada vez más relevantes las discusiones sobre problemas sociales: feminicidios y violencia sexual, discriminación por identidad de género y orientación, racismo y clasismo… pero cierto aspecto carece de atención en estas discusiones. Si bien varias voces señalan ya la interseccionalidad en asuntos de discriminación, me atrevo a decir que la estructura tradicional mexicana apenas comienza a entender los conceptos base y se mantiene ignorante en las complejidades.

Nudo Mixteco cuenta historias de sexualidad, discriminación, abuso, feminismo, misoginia y autonomía desde la perspectiva indígena. La conversación sobre estos temas se ha centrado mayormente alrededor de la experiencia blanca, y este filme abre una muy necesitada discusión sobre la interseccionalidad de dichos problemas en las comunidades indígenas.

La directora Ángeles Cruz narra en su ópera prima el regreso de tres personas a su pueblo natal, San Mateo. María regresa al entierro de su madre, y se reencuentra con Piedad, un amor del pasado; Esteban arriba desde EUA después de 3 años y descubre que su esposa Chabela está ahora con otro hombre; y Toña regresa en rescate de su hija, víctima de abuso sexual. 

 

Muy a gusto mío, un filme que presenta distintos personajes e historias entrelazadas siempre tiene mi atención especial. Y es que esta decisión narrativa lleva los cuentos particulares a un nivel más alto en el que necesariamente se convierten en un análisis de la estructura social. La obra de Cruz pinta un mosaico poco común en los medios de las experiencias de mujeres indígenas: seres humanos tan complejos e imperfectos como cualquiera.

Ya mencioné las temáticas que definen el filme, pero cabe destacar que los factores que las unifica son la tradición y la costumbre. María como una mujer queer es rechazada por su padre hasta en el funeral de su propia madre; Esteban no entiende que ha fallado como esposo y arremete contra Chabela por su engaño; y Toña lucha contra su propia familia que se niega a reconocer el abuso sexual de su hija. Se trata de una ideología que consume en vida a esta comunidad— pero la directora no limita esto a la vida indígena.

Ángeles Cruz ya ha hablado del trato enajenante a la que se ha sometido la comunidad indígena de México, y por ello ha presentado los problemas de la cinta no cómo exclusivos de esta comunidad, sino como un reflejo de la fábrica social que envuelve a todo el país. Conductas racistas han querido dibujar una línea y dividir entre “ellos” y “nosotros”, pero como Cruz señala, la tradición opresiva es un asunto de toda la sociedad mexicana del que nadie escapa.

El pueblo de San Mateo representa el pináculo de las costumbres, y los protagonistas, a pesar de haberse ido, se ven obligados a regresar— como Esteban dice “Uno no regresa porque quiere”. Una cinta de este tipo, hecha por alguien ajeno a la comunidad mixteca, podría haber resultado en un estudio social incompetente y hasta problemático. Por ello el hecho de que Ángeles Cruz, una cineasta mujer indígena, haya celebrado sus orígenes y a la vez criticado la ideología conservadora, es muy importante. Ella misma ha hablado sobre lo difícil que es para cineastas indígenas conseguir apoyo para realizar sus proyectos, ya que siempre se les ha visto como objetos del cine y no cómo realizadores capaces. Ángeles ha reclamado las historias de su pueblo y ha eliminado la perspectiva etnocentrista que siempre las ha caracterizado.

No sólo eso, el acercamiento de Cruz a su temática es bastante único. En estas situaciones existen dos roles: el que se opone a las tradiciones —María con su sexualidad, Chabela con su engaño y Toña con su denuncia contra el abuso normalizado— y el que las defiende. Pero curiosamente la segunda historia es presentada desde la perspectiva del agresor, de Esteban, el típico marido abusivo que eventualmente es abandonado. Este hilo narrativo comienza con él y termina con él, lo que a primera vista rompe con la visión de Ángeles Cruz, pero en realidad se presta a un análisis más complejo.

“¿Es el victimario siquiera feliz?” es la pregunta que queda. La respuesta parece ser que no. La historia de Chabela y Esteban destaca porque, a diferencia de las otras dos, no es una de seguir adelante a pesar de las amenazas de la sociedad, sino que se trata de Esteban superando sus propias conductas dañinas, propiciadas por las costumbres del pueblo. Pareciera que Cruz afirma que todos, de alguna forma u otra, sufrimos las consecuencias del tejido social en el que vivimos.

Nudo Mixteco es una obra con una increíble carga simbólica y artística. El talento de Ángeles Cruz brilla, y lo emplea para poner en evidencia las conductas restrictivas que en su comunidad mixteca ha observado, pero que también afectan como plaga a todo el país mexicano. La experiencia de la mujer indígena es esencial al hablar de feminismo y la experiencia de la indígena queer es esencial al hablar de derechos LGBTTTIQ+. La ópera prima de Cruz habla de aquellos aspectos que no son tomados en cuenta durante las discusiones sobre los problemas sociales mexicanos, pero que son necesarios para construir una imagen más certera del panorama.

 

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