YERMO

 – Por  Francisco Javier Quintanar P. 
@JavierQ37

En 2013, Samuel Kishi entró con el pie derecho al universo filmográfico nacional gracias a Somos Mari Pepa, su ópera prima la cual atrajo hacia el cineasta la atención del público y numerosas -y positivas- críticas. Seis años después, regresa a la pantalla grande con Los lobos, un nuevo relato que gira sobre dos ejes fundamentales: infancia e inmigración.

Dicho binomio no resulta novedoso en la historia reciente de nuestro cine. Baste recordar La misma luna (Patricia Riggen, 2007) o El viaje de Teo (Walter Doehner, 2008) por citar solo un par de ejemplos. Sin embargo, el filme de Kishi difiere significativamente de los dos trabajos mencionados por varios motivos.

Por principio de cuentas, el guión escrito a cuatro manos por Luis Briones y Sofía Gómez-Córdova, logra (gracias a una sencilla decisión argumental) vadear con pericia varios de los lugares comunes en los que incurre en cine con tema migratorio: no hay polleros tramposos, ni una border patrol deshumanizada e implacable, ni el dramatismo de los que intentan cruzar la frontera (y el desierto) en pos de mejores oportunidades o una mejor vida. Nada de eso está aquí, simplemente porque no es la historia que se quiere contar.

Se ofrece en cambio, un tema igual de importante y relevante: ¿cómo impacta el cambio de realidad a quienes llegan a vivir a los Estados Unidos? Y en específico ¿cómo afecta a un menor encontrarse de la noche a la mañana, con una realidad la cual no comprende en su totalidad? Esas son las preguntas exploradas a través de su trío protagónico. Y el autor decide que sean sus propios personajes quienes intenten dilucidar algunas respuestas. 

Así, buena parte de la historia se centra en Max y Leo, quienes junto con Lucía, su madre; se mudan a un precario barrio de migrantes en Albuquerque, Nuevo México. Alentados por la promesa de su progenitora de ir pronto a visitar Disneylandia, los niños intentan adaptarse y sobrellevar largas y solitarias jornadas encerrados en su humilde y destartalado apartamento mientras ella va a trabajar, de donde no les permite salir por temor a que les ocurra algo en su ausencia. Así, pasan el tiempo dibujando, jugando entre ellos, y contemplando desde su ventana los ires y venires del mundo y la vida. Obviamente, es cuestión de tiempo para que los niños (por hastío y enojo acumulados) desafíen la imposición materna, y poco a poco, salgan a explorar el gran mundo y prueben sus amarguras y sus dulzuras. 

Si en Somos Mari Pepa, Samuel recreaba un pasaje de su propia adolescencia, ahora, el realizador vuelve a abrirse al espectador, retomando un episodio de su niñez el cual involucra a su madre y a su propio hermano. A pesar de esa proximidad personal, el director buscó no tanto que la historia se apegase estrictamente a los hechos reales, pero sí que se contase con la mayor sinceridad y honestidad posibles.

Para que ello fuese viable, despoja de cualquier artificio innecesario a la película, y la dota de un tono realista e íntimo a la vez. Tal decisión lo lleva a trabajar con normativas estéticas heredadas tanto del neorrealismo italiano como del cinéma vérité, mezclado con un sabor a cine independiente. Aunque no excluye algunos recursos como el uso de animaciones o de música no diegética para reforzar la narrativa. Elecciones acertadas y las cuales no solo no distraen, sino que refuerzan al filme. 

A ello se suma una cámara que provee no solo provee una mirada cruda y directa de sus personajes, sus acciones y reacciones; sino que también ofrece una aproximación  a los mismos muy sensible y encantadora. Una cámara que no da la sensación de intrusión, sino de acompañamiento e inclusive de especial complicidad para con los menores.

Valiéndose de todos estos elementos, Samuel Kishi construye un emotivo relato de maduración, donde al tiempo que los niños descubren los claroscuros de su nueva realidad, deben echar mano de la resiliencia para adaptarse a ella. Y de paso, fortalecer sus lazos afectivos para, cual si fuesen una genuina manada de lobos; ayudarse y protegerse en grupo para salir avantes.

Transversalmente, Los lobos también propone una reflexión sobre otros temas, como la ausencia paterna, la maternidad, y la soledad y deshumanización en las grandes urbes. Pero también sobre la empatía, la solidaridad y los lazos afectivos que pueden surgir o crearse en los lugares y con las personas menos esperadas.

Ante una dura realidad y un sueño (americano) que parece estar cada vez más distante, los protagonistas encuentran en su cariño y amor mutuo un apoyo y fortaleza vitales, y ello les permitirá enfrentar y transformar las cosas a su favor. Y así, crear su Disneylandia personal, donde incluso unos disfraces improvisados o unas simples bolsas de plástico se transmutan en juguetes -y recuerdos- entrañables.




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