TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A … ROMA

 – Por Mauricio Orozco
@eralvy 

 

Cuando pensamos en el cine como una expresión artística, antes que un entretenimiento o medio masivo de comunicación, nos hemos centrado en el valor figurativo que se le da a una pieza en su contexto particular o a una sola persona que se lleva el mérito por ser quien lleva el proyecto, pero es prudente recordar que el cine es un arte colaborativo que se va entretejiendo con los aportes y la diversidad de las visiones que se plantean en esa colectividad. 

Hace ya una decena de años atrás el arte era considerado de las altas esferas y de su entendimiento exquisito para unos cuantos, sin embargo cuando Marcel Duchamp y todo un grupo de creativos cuestionaron esas formas, se dieron cuenta que el arte no consistía en la pieza, no era solamente la técnica utilizada, ni era una convención divina que nos volvía creyentes de ídolos banales, sino que era el efecto del rompimiento y la transgresión, era la necesidad del hombre por resignificarse frente a un objeto intencionado “creado” por el mismo hombre; sea un mingitorio, un mural de 20 metros de alto o una película sobre una trabajadora doméstica. El arte se emancipa de la idea de la belleza etérea y nos devuelve la visión a nuestros adentros, de tal forma que la idea del arte según Duchamp: “toda obra humana es arte”. 

Me gusta partir desde un terreno dadaísta hacía mi comprensión del arte porque desde infantes creamos, imaginamos cosas que se escapan de la realidad en la que habitamos, pero parte de ésta para ser modificada. Todos hicimos el dibujo de una bestia inexistente, todos creamos melodías de la nada, todos sentimos algo al bailar o al estar frente a una edificación llamativa. Ésa es la potencia creativa que se va desarrollando entre nuestra memoria y la imaginación, la que nos mantiene produciendo cuestionamientos constantes a manera de productos de consumo cultural. 

 

Pero ¿qué sucede cuando nos vemos reflejados en una memoria en la que no existimos? ¿Qué ocurre cuando somos viajeros a una realidad alterna, con la que creamos conexiones desde nuestra individualidad?

“Roma” (2018) es una película dirigida por Alfonso Cuarón, uno de los directores más emblemáticos que ha dado nuestro país por su visión, con la que transforma la realidad para crear un paréntesis en el cauce natural del tiempo, pero también porque esa visión lo ha llevado a latitudes inimaginables, en donde el discurso de la cotidianidad mexicana se esparció encontrando su valor en lo universal y humanista de su premisa. La cinta ha sido vanagloriada en todo el mundo, por su gran poder narrativo y su fuerza estética, y ahí es donde toma una relevancia poderosa.

Estamos hablando de una película mexicana que se gesta desde el pasado vivencial del director, lo cual nos remite a la ciudad que le vio nacer; y es gracias al trabajo de sus productores, fotógrafos, diseñadores de arte, actores, actrices y todo un equipo comprometido con una historia que se centra en lo que nos vuelve mexicanos, lo que le dio ese lugar tan importante en la valoración tanto de la crítica especializada como del público en general. 

“Roma” no pretende ser una historia de clases, ni centrarse en la vida de una empleada del hogar, no es un retrato de México décadas atrás. “Roma” es un fragmento de memoria colectiva, un espacio de convergencia de sentimientos en común, es un pretexto para imaginar entre todas y todos nuestra realidad desde otro punto de vista y para eso no basta contar la historia de Cleo desde la base biográfica del director, sino generar una sinergia entre las diferentes mentes que aportan la vitalidad del imaginario colectivo y así entender que se trata de una película que nos invita a retroceder en el tiempo para vernos en el pasado y cómo hemos trabajado en la actualización de esa memoria grupal. 

Es así que nos adentramos con mucha libertad y sentimos que somos parte de esa historia ajena a nosotros, pero a la vez tan cercana debido a su alto grado de reflejo de la realidad y empatía con los personajes que vemos en pantalla. Así podemos seguir los pasos de Roberto Rossellini o de Vittorio de Sica, de quienes entendemos el cine como un principio de unidad en donde convergen los sentires de quienes hacen y de quienes vemos la película, y que también siguen aquellos pronunciamientos de Tarkovsky en donde el cine es un espacio de conservación y edificación del tiempo que parte del arte de imaginar y crear.     

Por ello el papel de un productor es necesario, ya que es quien ve todos los caminos y las mejores opciones para que esa idea etérea que tiene el cineasta se pueda materializar y así darle vida tal y como esa realidad ha sido propuesta. Un productor es aquel que le permite movilidad a cada uno de los miembros del equipo para aportar desde lo personal, pero a sabiendas de que eres participe de algo más grande. Un productor se encarga de que los sueños se cumplan. 

El trabajo de Nicolás Celis es un gran ejemplo de esto, ya que en las cintas que ha colaborado existe este valor compartido que va mostrándonos un entendimiento del cine como un espacio que nos permite transportarnos a otros universos, respetando y promoviendo la reflexión sobre nuestras sociedades, nuestra identidad y la diversidad con la que nos formulamos en lo colectivo. 

Tiene una visión que rompen los esquemas y las limitaciones geográficas, de tal forma que se ha podido replantear el status quo dentro y fuera del cine mismo. Prueba de ello son estos impecables proyectos: Como cuando Tatiana Huezo en “Tempestad» (2016) nos introduce a una realidad llena de dolor y carencias pero lo contrapone con la dignidad y la resistencia. Amat Escalante con “Heli” (2013) nos lleva al dolor de la violencia y el narcotráfico pero lo contrasta con el valor de la familia y de la unidad civil. Cristina Gallego y Ciro Guerra en “Pájaros de Verano” (2018), nos introducen a la represión de los pueblos indígenas colombianos por el ascenso del narcotráfico pero lo resiste por medio de la cultura, las tradiciones y el lazo empático con los demás. 

En “Roma”, la presencia de Nicolás permite algo más. Se crea una burbuja impecable que permite la libertad total de un equipo creativo que se centra en contar la historia de Cuarón, pero también protege la individualidad frente a un camino en donde las problemáticas se hicieron presentes pero invisibles frente al ojo del espectador, aprovechando los detalles para volver a la cinta memorable. 

Por muchos motivos diferentes podrá gustarnos o no, pero no podemos dejar de lado el gran trabajo de producción que permitió que se llevaran a cabo con meticulosidad las metáforas, parábolas y reflexiones visuales que nos alientan a cuestionar nuestra existencia dentro y fuera del cine.   

En pocas palabras el trabajo de Nicolás Celis ha consistido en que el cine en el que trabaja sea una alegoría que pretende la reflexión y el recordatorio que dentro de todo lo obscuro de un entorno, hay un halo de luz que nos ayuda a cambiar.

En nombre de Árbol Rojo, Asociación Civil Kibernus y Pimienta Films te invitamos a que seas parte de este valioso taller de producción cinematográfica que tendremos con Nicolás Celis, en donde nos guiará en el proceso para generar la elaboración de carpetas para cine, y a partir de su experiencia nos ofrecerá un compendio integral para elegir proyectos, realizarlos y generar un alcance poderoso, como lo ha hecho con su trabajo mencionado y con una larga lista filmográfica que lo respalda tanto en México como en el extranjero.

Este taller se llevará a cabo del 28 al 30 de junio del 2021 de manera virtual con un quórum de 100 personas (50 de Quintana Roo y 50 del resto del país). 

Si quieres ser parte de este evento puedes encontrar la convocatoria y realizar tu inscripción en el siguiente enlace: https://www.arbolrojocine.com/formacion/

Nicolás Celis, productor de películas como Roma, Tempestad y Pájaros de verano

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