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A PROPÓSITO DE RIPSTEIN

 – Por Nallely García
@eco_salvaje

A propósito de Ripstein hablemos del deseo, la moral, la miseria y la perversión. 

Primero, despidámonos de la falsa moralidad que es más peligrosa que el mal que descalifica. Estemos dispuestos a abrirnos a nuestros deseos reprimidos y mirar la actitud de los personajes como un posible reflejo de nuestro interior. Hablemos de lo innombrable, de la obscuridad que habita en cada uno de nosotros y dejemos que el cine de Arturo Ripstein nos guíe con su honestidad, la desgarradora realidad que su cine revela. 

Como en el laberinto de Octavo Paz, Ripstein arma un rompecabezas a lo largo de su obra, desarticulando en varias piezas la idiosincracia mexicana, enfatizando las contradicciones sociales; sin caer en la pornomiseria, que retrata al espectador una realidad “lejana” a la suya, incentivando al prejuicio y volviendo objeto de consumo la precariedad del otro. Ripstein nos adentra en contextos ordinarios, con personajes comunes, víctimas de sí mismos que alcanzan un destino trágico por el descontrol o la opresión de sus instintos naturales. Algunos, prisioneros de una inalcanzable “estabilidad”; estancados entre el falso privilegio y la incapacidad del desarrollo, y otros sobreviviendo con la mayor dignidad que se les permite. 

Gabriel (El Castillo de la Pureza, 1972) es ejemplo de la moral descoyuntada del ser humano y el peligro de sentirse con derecho sobre la vida del otro. Gabriel, con la justificación de proteger a su familia de la perdición social, los priva de contacto con el exterior durante 18 años, adoctrinándolos con una estricta rectitud ética, que oculta su propia depravación. Gabriel, es la contradicción del hombre en toda su extensión, a diferencia de lo que dicta a su familia es : mentiroso, misógino y perverso; la somete a lograr el camino de “pureza” que él no ha podido alcanzar y con la mínima “desviación” de este camino, descarga su ira sobre ellos. 

Matea (La viuda negra, 1977) despierta los prejuicios de un pueblo pequeño, que recela su llegada y su relación con el cura del pueblo. El pueblo, recurrente personaje de Ripstein, advierte el riesgo de la presión social y el catastrófico fin del individuo en quien recae el juicio colectivo. Matea simboliza lo desconocido, amenazando las formas preestablecidas del pueblo, quien percibe como adversario a cualquiera que no sea un arquetipo de su realidad; llegando a altos niveles de violencia para garantizar su status quo. Matea es sometida a violencia física, pero sobre todo psicológica, desencadenando con la muerte del cura que la protege, y la cordura de ella.

Don Alejo (El lugar sin límites 1978) gobernador del pueblo, es una prueba de la dictadura perfecta mexicana, nombrada por Vargas Llosa en los 90’s; camuflado totalitarismo e hipócrita democracia, que evita la rebelión y garantiza su permanencia por su aparente consideración a los individuos del pueblo. Timando a los pobladores con la ilusión de seguridad y atención, los deja vulnerables a su violenta realidad. Pancho, prisionero de su propio atavismo y del pueblo, termina descargando su frustración y deseos reprimidos en La Manuela, que le despierta su verdadera naturaleza. El pueblo, legitima la violencia de Pancho a través de su indiferencia e incentiva el sistema de opresión, dominando al otro antes que a uno mismo.

Coral y Nicolás (Profundo Carmesí, 1996) a diferencia de los demás personajes no huyen de sus deseos y sacian su obsesión a costa de lo que sea. Personajes comunes con una vida tolerable pero insatisfecha; se vuelven cómplices en el progresivo descontrol de sus deseos descoyuntados. Nicolás, incentivado por la vanidad y el dinero, engaña a mujeres solas en busca de compañía; en el camino se encuentra a Coral, quien a cambio de la aceptación y permanencia de Nicolas, tolera sus transgresiones al extremo de excederlas para asegurar su “amor”. Ambos pierden completamente la perspectiva, normalizando la violencia a sus crecientes víctimas; siendo la complicidad su único y más fuerte lazo de unión. 

Su obra es directa, fuerte y lista para expresar los dolores humanos. Arturo Ripstein hurga en la miseria social, poniendo rostro y nombre a la decadencia moral; sin ningún tapujo explora las perversiones de sus personajes, llevándolos a lo más bajo de sus instintos naturales y con una mirada ni compasiva ni punitiva, muestra la crudeza de la realidad de la que todos somos parte. 

Ilustraciones de @eco_salvaje 

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