TODOS LOS CAMINOS
LLEVAN AL SUR

 – Por Mauricio Orozco



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La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y como la recuerda para contarla. «
Gabriel García Márquez



A lo largo de los años hemos tratado de explicar y entender el arte en toda su polisemia, logrando entablar interacciones y explicaciones de nuestra realidad a partir de un tratamiento orgánico con nuestro entorno; y es que el arte tiene como base la necesidad por saciar la sed del ser humano desde lo espiritual, aquello que no podemos comprender totalmente. 

Y es que si bien el arte tiene la gran función de comunicar, también es importante comprender que como en cualquier proceso de comunicación, se entablan y desarrollan lazos de mutuo entendimiento que permiten acercarnos a otras personas. Dotando así a este mecanismo con una mirada espiritual que promulga desde el acto de crear y poder apreciar, para buscar así una convención de la obra del arte como un organismo natural que convive con su espectador ayudándole a regenerar conceptos que se proyectan al infinito.

Entre las tantas formas del arte podemos situar al cine como una de las más integrales, por la manera en que entrelaza y hace uso de las mejores cualidades de cualquier expresión artística y creativa, buscando siempre mantenerse presente y prudente frente al espectador. Tal como mencionaba Tarkovsky “el arte no concibe un comportamiento lógico; expresa un postulado de fe”, y la prueba máxima es la manera en que ir al cine se había mantenido como un ritual en el que nuestra individualidad convivía y se unificaba en una colectividad que aprehende la realidad a través de una experiencia subjetiva que implica una potente devoción, tanto de quien mira como de quien muestra.

Al  pensar en el término “devoción” no debemos acercarnos al limitado concepto que nos remite a una experiencia religiosa, sino a “la apertura o la interrupción que nos permite experimentar lo que está oculto, y aceptar con nuestro corazón una situación dada” como lo menciona Nathaniel Dorsky; y es que estrictamente el cine subvierte nuestra relación con el tiempo y la realidad para proyectar nuestra propia visión, tendiendo puentes que nos relación con nuestro entorno y quienes lo habitan, dotándonos un ecosistema diverso que requiere una entrega devota.

Sin embargo es ahí donde encontramos el sentido de poder ubicar en el arte, y específicamente en el cine, una realidad virtual que estrictamente se presenta como un rectángulo de luz proyectada, una escultura inmaterial de luz que enmarca al tiempo y un imaginario en el que creemos: un refugio personal de significados.

Desde este entendimiento María Mercader explora las posibilidades del cine para conectar a la gente, pero teniendo en cuenta nuestro desarrollo personal e individual, con el que buscamos en nuestro contexto aquello que nos llena, aquellas búsquedas que nos remiten a la necesidad por seguir el cauce natural de las cosas, pero con el objetivo de re-apropiarnos de conceptos que han sufrido desde su fragilidad. 

Por medio de sus imágenes, María nos extiende una invitación para explorar la posibilidad de entendernos como habitantes de islas solitarias y responsabilizarnos ante los daños que las circunstancias han producido para desconectarnos, y fracturar nuestra idea de convivencia con la imperante necesidad de concebir nuestro entorno y su valor natural que se refleja en nuestra relación orgánica con los demás.

El sur de nuestro país, por excelencia guarda una estrecha relación como un espacio que se mantiene en el imaginario colectivo occidental a manera de paraíso terrenal. Aquella tierra prometida que buscamos cuando necesitamos reencontrarnos con la paz, la tranquilidad y la felicidad, dando sentido a la premisa en donde nos daríamos cuenta que efectivamente, todos los caminos llevan al sur.  

A partir de la afectación por la pandemia, a nivel mundial, han variado nuestros esquemas y comprensiones de la convivencia y la manera en que nos relacionamos habitualmente, pero también se ha vuelto un ejercicio constante de entendernos en una nueva era, en donde ya hemos pasado ese momento de caos y falta de certezas para materializarse en una acción mental con mayor fertilidad y claridad que nos ayuda a re-valorar lo cotidiano. 

Es por eso que Árbol Rojo ha buscado a toda costa, el fomento y necesidad por promover las expresiones artísticas ligadas a lo audiovisual, por medio del objetivo de descentralizar y ampliar los caminos del cine frente a un ecosistema más amplio a partir de  procesos creativos de re-acondicionamiento y re-significaciones de espacios y públicos, desde una invitación a mirar al sur, y poder re-valorar el cine por medio de la comprensión de nuestro entorno.  

Pensemos el cine como islas solitarias que nos dan la posibilidad de navegar y conectar con los otros, inspirando a la sociedad con acercamientos llenos de pasión, y la fortaleza para exteriorizar lo más orgánico de nuestros sentimientos, permitiéndoles así mutar y retomar el entorno a nuestro alrededor para volverle un espacio común.

Sigamos la lógica discursiva de la naturaleza en donde enraizamos nuestra identidad para poder deconstruirla y así, como un árbol que al quemarse nunca desaparece por completo, dejemos rastros que se esparzan y profesen aquella regeneración en nuevos florecimientos más extensos y con una idea cada vez más empática. 

No dejemos de lado que la destrucción es también un presagio de algo nuevo, una apuesta por volver a conectar con aquello que nos envuelve, quitándole las etiquetas y permitiendo la reflexión como proceso colectivo en la búsqueda de la felicidad y la proliferación de la tranquilidad. 

Por todas estas razones Árbol Rojo de la mano de María Mercader se enorgullecen en presentar “Todos los caminos llevan al sur” una propuesta visual que nos recuerda que el cine es un escaparate para nuestros deseos desde lo individual y colectivo, una invitación a re-significar nuestra relación con el cine, así como nuestra manera en que lo proyectamos en nuestras realidades. 

Volteemos a nuevos horizontes. Miremos al Sureste Mexicano. Andemos al Sur.

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